Benítez advirtió que los modelos económicos actuales están destruyendo la naturaleza, priorizando ganancias sobre la vida. Señaló que la madre tierra “sufre dolores de parto” por la deforestación, la contaminación del agua y del aire, y el uso de potentes agrotóxicos. En ese sentido, criticó duramente al agronegocio que “mata la tierra y envenena el agua”, dejando en condiciones de vulnerabilidad a los pequeños productores y comunidades rurales.
Recordó que el clima es un bien común y que hoy “la armonía del planeta ha sido alterada por el hombre”. Sequías, inundaciones y tormentas más severas son consecuencias del colapso climático, que ya afecta la seguridad alimentaria y las fuentes de agua.
El obispo lamentó que muchos sectores de poder prioricen intereses económicos por encima del bienestar del pueblo. “En la mayoría de los casos se favorece a los más poderosos, mientras los más pobres pagan el precio”, afirmó, destacando la responsabilidad de las instituciones públicas en la defensa del ambiente y de las comunidades.
Asimismo, subrayó que la biodiversidad está en declive, señalando que las poblaciones silvestres han disminuido drásticamente desde 1970 y los suelos, fundamentales para la vida, se encuentran cada vez más degradados. “Sin suelos vivos no hay ecosistemas que sobrevivan”, enfatizó.
El prelado insistió en que existen alternativas. Destacó el valor de la agricultura familiar, la agroecología y los saberes de los pueblos indígenas como caminos para restaurar la tierra y producir sin destruir.
“Actuemos. La naturaleza puede recuperarse si cambiamos ahora”, expresó, pidiendo un compromiso urgente de todos los sectores. Recordó que la Constitución Nacional reconoce el derecho a un ambiente sano y exige a las autoridades su protección.
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