Por Nery Peña
Lo que une a ambos momentos, separados por 70 años, es la misma pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupó la Iglesia Católica frente a una disciplina que nació para combatirla y que, medio siglo después, tuvo que pedirle asilo para sobrevivir?
El libro, parte de la investigación doctoral del autor en Filosofía UNA, está construido como un díptico. Un capítulo analítico y, a continuación, el documento original completo para que el lector juzgue por sí mismo. Esa es su fuerza: el archivo que lo prueba fue guardado por sus propios verdugos.
La mano de la sotana negra: el crimen clerical de Villarrica
Primer momento, 1913. A palos y a tiros.
Todo empieza en 1900, cuando Cecilio Báez funda la cátedra de Sociología en la Facultad de Derecho. No trae el positivismo de orden que dominaba la región. Trae un positivismo de combate: unidad de la materia, matrimonio regido por el derecho civil, crítica a la familia patriarcal fundada en una leyenda bíblica. Una cosmología sin Creador.
Esa doctrina tuvo consecuencias físicas.
El 16 de septiembre de 1913 llega a Villarrica el Dr. Juan José Julio y Elizalde, chileno, exsacerdote y predicador del positivismo de Augusto Comte. En Asunción lo llamaban el «Apóstol de la Humanidad». Venía a dar cuatro conferencias en el Club Porvenir sobre: Dios ante el verdadero Ser Supremo, Evolución del Sentimiento Religioso, Ilustración de la Mujer y Los Servicios Divinos.
Según el opúsculo El Ideal de Augusto Comte y su primer bautismo de sangre, impreso en 1914 en los talleres de Zamphirópolos y firmado por el propio Báez, Ovidio Rebaudi, Arturo Lavigne y otros librepensadores, que el profesor Peris rescata íntegro, la reacción de la Curia guaireña fue inmediata.
El cura Benítez de Borja viaja tres leguas hasta el pueblito de Borja para consultar con el obispo Juan Sinforiano Bogarín González. La orden, textual según el opúsculo, fue: «Hay que impedir esas conferencias, cueste lo que cueste».
A partir de ahí se despliega una crónica policial:
Primero, presión para que el presidente del Club Porvenir, Claudio Gorostiaga, retire el local. Lo salva un comerciante italiano, Juan Lombardi, dueño del Hotel Central y agente consular de Italia, que presta su salón comedor. Allí se hacen las tres primeras conferencias con «numeroso y selecto auditorio».
Luego, el sacerdote Benítez reparte un anónimo de insultos, el mismo que, según los librepensadores, circulaba desde hacía ocho años en cada ciudad visitada por Elizalde, y recluta a una veintena de «emponchados inconscientes, campesinos fanáticos» para apostarse tras un montón de adobes cerca del hotel y ultimar al orador después de la charla sobre la mujer. La policía los sorprende y, interrogados, confiesan que el cura les había ordenado la «extraña y sospechosa cita».
El golpe definitivo llega el 20 de septiembre, a las siete de la noche, a dos horas de la última y más temida conferencia, sobre la misa y la confesión. Elizalde está sentado frente a la botica de Genaro Fernández, conversando con el Dr. Juan D. Flitz.
«Tres bandidos, pagados por la Curia, se acercan de repente», relata el opúsculo, «y uno de ellos asesta por la espalda a la inocente víctima, con un fierro filudo, feroz golpe, abriéndole ancha herida en la cabeza». Le dan dos golpes más. Uno habría sido mortal si no lo ataja con la mano derecha.
El plan, siempre según la denuncia, era quirúrgico: tres lo dejaban fuera de combate y otros tres lo remataban a tiros de revólver en medio de la confusión. Solo los tres primeros pudieron actuar porque los vecinos acudieron a tiempo.
Segundo momento: Asunción, 1983. Con resoluciones y sellos.
Setenta años después, la violencia ya no necesita fierros. Necesita sellos.
En 1972 la dictadura stronista no permite abrir Sociología en la UNA. La única puerta que se abre es la de la Universidad Católica. La disciplina nacida contra la Iglesia ahora depende de ella para existir.
En 1982 ya no se habilita el ingreso. El 23 de abril de 1983, el Consejo Universitario presidido por el rector Rafael Eladio Velázquez, con consejeros como Adriano Irala Burgos y Lorenzo Livieres Banks, resuelve el cierre definitivo. El argumento es técnico: baja matrícula y alto costo por egresado. Se deja constancia de que «se observó el procedimiento con escrúpulo».
Ese mismo día, a menos de un kilómetro, en el Departamento de Investigaciones, un informante redacta el otro documento que Peris encontró en 1992 en el Archivo del Terror de Lambaré.
Esa noche, estudiantes y profesores hacen un panel de protesta por el cierre. El informante anota las frases que realmente importaban: la carrera era un «nido de comunistas», formaba «tilingos de izquierda», y el cierre apuntaba a «evitar la manifestación ideológica».
Mientras se firmaba el acta universitaria, la Policía detenía y torturaba a estudiantes de Sociología: Roberto Villalba, Margarita Elías, José Luis Simón, Fernando Masi y Raúl Monte Domecq. Otros, como Ernesto Heisecke y Cayetano Quattrocchi, eran buscados.
«Lo que la policía archivaba como inteligencia se ha convertido, contra la voluntad de quienes lo produjeron, en prueba histórica», escribe Peris. Ese es el gesto del libro: restituir.
La sociología paraguaya no fue simplemente postergada. Fue dos veces condenada y dos veces resucitada. Y en ambas condenas, la sombra de la sotana negra aparece, unas veces como verdugo directo, otras como refugio ambiguo.
Una carrera que tuvo su bautismo de sangre no podía terminar con un sello administrativo. Porque el pensamiento libre, aunque lo persigan a palos, a tiros o con resoluciones, no se deja enterrar.
Como diría el poeta pilarense Carlos Miguel Giménez, aún perseguimos esa:
Patria sin muralla para el pensamiento,
libre como el viento,
sin miedo a metrallas;
la nación modelo
que por su cultura
se ponga a la altura de todos los cielos.



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